I
El dolor es el principio del placer,
una placa pegada al pecho, brillante y lúcida,
nos lleva a lugares nunca antes vistos, sublimes, vírgenes.
Dejo el corazón a un lado guardado en una caja,
nada vale la vida sin mí oscuridad, es la que me lleva
a brillar ante la multitud, sin suspirar,
sin ni siquiera tener vida.
En mis recuerdos quedan mermas de odio,
la insolencia trata de persistir, pero mi fuerza se resiste,
se opone, y apaga todo intento de anhelo.
Enredado entre una bolsa de papel y el hilo de tus manos,
me arde el cuello, me aprieta y, empiezo a ver muchos colores,
penetro en el color negro y me escurro, perdiéndome cada vez más.
II
Mis oídos se destrozan por los gritos de auxilio, la súbita realidad
no ayuda y se une a la jauría de sombras, que es mi destino,
el camino que no se ve.
Entre silencios y tus muslos lejanos enfatiza tu olor a niña,
y me hace pensar en lo inútil que soy sin tu cuerpo, en lo nefasta
que suele ser la vida sin tu presencia,
y me entierro en la nieve para no sentir nada.
Ya es tarde para un amor, mis manos están gastadas de tanto escalar,
Yo sólo inhalo, fumo desquiciada mente, y no me alimento,
Me voy desapareciendo, ¡soy tan delgado como tus besos!,
y me escondo entre ventanas abiertas, para ver si así te olvido.
El cuervo canta como todas las mañanas, ese canto de muerte que es ya familiar,
se convierte después en mariposa, y vuela libre llena de luz, sin cantar, apagando toda esperanza.
Este aroma que viene y va ya es una enfermedad, es crecer en la misma tierra,
con una misma semilla, es sentir la descomulgación propia, es un malestar desagradable, es crónica, es la muerte encarnada.
III
Soy una miaja perdida en la soledad, en el centro de una danza fúnebre;
ya no me alimento del néctar de tus pechos, vivo desesperado, marcado
por tus palabras navegantes.
Quiero verme sepultado en la esquina de tu casa,
yo me perdí entre párpados azules, ojos color miel, pestañas inmensas,
ahora pierdete tú en mi cadáver, boquiabierta y con el alma al aire,
quiero abrir los ojos y mirarme entre gusanos, quiero sentir como me beben la sangre, quiero ver como comen de mi ano.
Las hojas negras cantan acompañadas de tres mujeres manipulantes;
se mueve entre las sombras el ciervo perpléjico, triste, irrecuperable
por la pérdida de su pene.
Y veo como se va la vida, esa vida que era mía, se escabulle por tus ojos de diosa,
quizá he alcanzado la demencia sin darme cuenta, esa hermosura tan deseada,
donde se cumplen los sueños, mis sueños, el infierno.
Me heredaron un cetro distorsionado lleno de poder, con irónicos pensamientos,
lejos del alcance de los mortales, y lucho por alcanzar, por entender lo subliminal,
la perfección, el ideal, pero sólo llego a lo inusual, lo irracional.
No logro encontrar la cesura entre tu piel amarillenta y mi pasado,
ni mi fuego ni tu fuego, todo está perdido en mi pensamiento,
en mi fuerza disfrazada, en mis palabras postizas.
Pongo tanta porfía para llegar a ti, muerte, y uno tu silueta a mis manos
y no logro encontrar nada, me paralizo al tratar de tocarte,
bella prohibida.
Ahora dormiré, para ver si descanso, por eso ahora ¡buscame! en mi sueño sagrado,
yo te cederé mi alma, es lo único que tengo.
Matame con tu sexo, sublime muerte, dame vida.
miércoles, 30 de enero de 2008
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